5/24/2020

Mar.

En la bodega, al ritmo de las olas, tambaleándose, un marinero -ebrio hasta el alma- relajaba su conciencia ahogándola en alcohol, en la oscuridad del interior barco. El joven bucanero -que apenas meses desde que se unió a la tripulación- harto estaba ya del no poder encontrar el cómo pasar el tiempo sin que fuera trabajando, perdido entre tantas olas, abrumado por el olor a muerto que emanaba de cada uno ellos, cansado de comer carne seca y a la espera de poder asaltar ya por fin un barco para poder ganarse unas monedas.
Johnny -un joven inglés de un pueblo costero- tripulante del Saint Abigail, se unió a la tropa para poder morir en algo que fuera más grande que su propia existencia, quería poder sentir algo que no fuera la muchedumbre agalopada en el mercado del puerto, suicidándose a trabajar, para regresar luego a casa y no poder conciliar siquiera el sueño.
Johnny estaba harto de la monotonía, y decidió cambiar la de tierra por la de alta mar, rodeado de otros 30 hombres, de todas las edades, igual de muertos que él, algunos sin nada más que perder que su propia vida, libres, atados a nada.
Eso era lo que le hizo pensar que la piratería era el camino para salvar, sino su cuerpo, al menos su alma, de las cadenas del destino que le amparaban en tierra. Ahora, abrumado, observa cómo vuelve a querer suicidarse, haciéndolo, en la bodega, bebiendo lo que no sabe si es ya siquiera alcohol o agua de mar.
Los meses habían transcurrido desde que se embarcó, y pocos fueron los que consiguió que no le cayeran como un grano en el culo, el trabajar en el mar no era de mucho su agrado, pero sí que en la serenidad del mar -la mayoría del tiempo- encontraba una claridad que en ningún sitio de tierra firme podría albergar. El olor a mar salada y a pescado aún le hacían recordar su hogar, pero no mirándolo con una melancolía insufrible, mas un pasado digno de añorar sin nada de tristeza. Tal vez incluso furia e impotencia por no haber podido dejar aquél lugar atrás más tiempo.

En la cocina, el jefe de cocina, Jacob, hacía lo imposible por poder cocinar algo digno de la boca de un ser humano,pero lo único que podía prepara de más o meno cierta calidad culinaria -tirando para el arrastre- era unas sopas de pescado que se permitían coger de vez en cuando en el momento que el barco estaba más manso, 4 o 5 hombres, con cañas de dudosa procedencia se ponían en el borde del barco a esperar que algún pez pique el anzuelo. Solo daba para -con suerte- un pez por pescador, y a veces ni eso, pero cuando cazaban algo, el pescado se intentaba repartir a partes iguales, pero siempre los grandes se llevaban más cantidad, por lo menos el caldo era de agrado de la mayoría.

Las noches era el momento en el que Jhonny salía -sino hacía demasiado mal tiempo- a la popa del barco y se magnificaba con la presencia de aquellos mástiles, de la luna, la gran luna, que solía surcar el cielo, y les acompañaba hasta que se escondía y le daba el turno al sol. También, en un alarde a sí mismo de ingenio e inspiración, sacaba papel y pluma y escribía cortos versos sobre lo que más él añoraba: La libertad. Que sin lugar a dudas, y solo juzgando por uno mismo, él sentía entre babor y estribor, encima de aquellas tablas de madera húmedas y los astros en sobre su cabeza.