«Ay, he estudiado ya Filosofía, Jurisprudencia, Medicina y también, por desgracia, Teología, todo ello en profundidad extrema y con enconado esfuerzo. Y aquí me veo, pobre loco, sin saber más que al principio.» Me dice Fausto al principio de aquella terrible obra, terrible porque inunda de horrorosa belleza – y véome yo igual, ya la misma magnitud de pobre loco, como aquél doctor sentenciado al giróvago; sin siquiera saber la mitad, cuatro ni octava parte de lo que uno puede acercarse a saber.
—¿Y qué es aquello que quieres saber, si es que puede saberse? — Vino a interrogar un señor en camisón y cirio encendido cereando todas sus manos.
Yo no respondí, porque tampoco entendía que hacía alguien semejante, un anacrónico de esas proporciones, en mi gabinete. Así que no me hice de rogar demás y solamente cerré los ojos y fuíme a dormir, entre mis febriles dolores de cabeza, ahí mismo, sentado en el sillón de mi bureau.
*
Al alba de uno de estos días de invierno, u otoño, me despertó el aquilón; vinieron las bóreas por el ventanal de mi gabinete, haciendo danzar alocadas las cortinas de aquella. Me atraparon, me revolvieron y me ahogaron; me zambulleron en una marabunta de golpetones y zarandeos que me inhibieron la conducta. De tanto menar y sacudir que me dejaron en el suelo tumbado, bocarriba, con la alfombra aquella de la ventana enrollada en derredor mía como si fuera una pazguato al que le han gastado una broma.
Entonces recordé que tenía mis propios quehaceres, que era una persona, en desgracia situada en espacio y tiempo, y que debía entregar aquella historia para la revista el mes que viene y que aún no tenía ni siquiera título, aunque esta fuera la última cosa que hacía siempre.
Entonces me dispuse frente a las tintas y a los papeles, a las ideas que tenía apuntadas en el diario mío
—Ninguna tenía, en verdad.
y cogiendo la pluma, untándola en el botecito de la negra esencia, me puse a escribir como un poseso, como un desalmado, como sin saber siquiera muy bien cómo ni por qué, ni siquiera hacia dónde ni hasta cuando, escribí un cuentecito de esos de niño, infantil, de la trágica historia de un pobre lázaro que nada tenía en la vida que perder más la vida. Acabando muerto como no podía ser de otra manera.
A mis compañeros de la editorial, por alguna razón incomprensible e inhumanamente razonable, no les pareció demasiado buena, sea por inapropiada, sea por estulta o sin sentido. “Que no tiene argumento” me dijeron. Yo, por ser humilde y modesto, no les recriminé lo más mínimo. Y acopiando toda mi selectiva creatividad, les escribí no un cuento ni una novela, sino una narración de una historia que empieza por ahí y acaba por allá, con sus personajes de persona ataviados y un hilo conductor de razones y porvenires que hacen de aquellas letras y frases, que hacen una fraseología recatada y caricaturesca de nimiedades que tratan temas actuales, actuales más eternos, que de actualidad se repiten hasta la saciedad, tratando la vana costumbre mil y dos veces cada una de aquellas bastas páginas de irremediabilidad patologizante de la cración; que no viene del serse uno como debe ser, sino del quererse ser otro a través de espejitos sulfurantes de una historia que puede que salga del profundo del corazón, pero que, mayoría de las ocasiones, suelen ser jugo de sesera y ingenio.