Los mismos viejos de siempre, a caso diferentes, volvieron a salir de sus tumbas en busca de cierta paz en el caminar. No hubo tiempo de demasiada charla, aunque fue infinita, a caso eterna. Uno con los ojos cansados, y la vida a la espalda, llorando más que riendo, la mandíbula desencajada y los pies arrastrados, encendía, uno detrás de otro, cigarros a los que llegaba hasta tragarse el filtro. El otro, muy a la misma manera, vestía sueño y bagatelas, aún con un cierto resplandor detrás de los ojos, seguía rememorando el pasado a cada paso que daban en la dehesa. Los pasos del segundo eran más firmes quel primero, si bien el primero ya no caminaba, arrastrábase y con los ojos miraba hacia delante. Mirando al futuro que no podía más que llegar, si es que no hubo pasado ya una vez anterior.
En cuanto uno, cualquiera, abría la boca, el otro le manda callar, y, aunque aquél no callara, el otro no le replicaba. Si aquello no eran conversaciones, era porque más rigurosamente eran monólogos entrelazados entre la risa, el suspiro y el llanto. Ambos con las manos heladas, padecían su dolor de dedos, e incluso llegaba al punto de que competía por bien quién era el más dolorido. Y no ganaba nadie. Por alguna de esas vías de la cañada, pasos terrosos, marrón claro, charcos y mierda de vaca a casi pares cantidades; veían los humos de la distancia, a caso contaminación, o nubes, lo cual el primero siempre argüía que eran más de lo mismo. Veían las montañas al fondo, a ratos nevadas; veían las cabras y las ovejas, y el segundo deseoso de ser pastor, ensoñábase con ser una de esas criaturas más verdaderas que ninguno de ellos dos. “Todo tiempo pasado fue mejor”, mentíanse ambos, aunque a usos prácticos fuera una verdad a medias, o una mentira incompleta. Eran felices, todo lo que el presente les permitía (un instante casi inexistente), mintiéndose a la cara, rememorando recuerdos ajenos y vivencias de otras personas, a caso más viejas, que ya no existen. El uno siempre que podía soltaba con aires de poeta: “¡cómo me gusta Malpartida sin sus chinatos!”, maravillado por la maravilla del camino que recorrían de vuelta a casa, espantado por la muchedumbre del gentío. El otro se reía cuanto los pulmones le permitían, y cabeceando le aceptaba el robo a Machado.
Otros día que aquestos viejos no salían a la campo a pasear, a ser algo andado, íbanse al bar de la plaza, alguna plaza, algún bar, a ver a otro de los viejos, a caso más viejo y desdeñado, más pícaro y desdentado, más curtido y más sabio en menos de dos artes. Botella que otra pedían, y pasaban tarde, y noche no, pues los bares ya cerraban. En eso que el viejo diablo, barbudo y despeinado, blandía una de sus artimañas, y un cigarro era prestado del uno al aquél. Nada más, de nuevo, se repetían historias de antes, retorno a lo anterior, llorando y riendo, si es que no gritando, entre cerveza y humo, cosas que no pasaron.