10/31/2021

fragmento

 

«Ay, he estudiado ya Filosofía, Jurisprudencia, Medicina y también, por desgracia, Teología, todo ello en profundidad extrema y con enconado esfuerzo. Y aquí me veo, pobre loco, sin saber más que al principio.» Me dice Fausto al principio de aquella terrible obra, terrible porque inunda de horrorosa belleza – y véome yo igual, ya la misma magnitud de pobre loco, como aquél doctor sentenciado al giróvago; sin siquiera saber la mitad, cuatro ni octava parte de lo que uno puede acercarse a saber.

¿Y qué es aquello que quieres saber, si es que puede saberse? — Vino a interrogar un señor en camisón y cirio encendido cereando todas sus manos.

Yo no respondí, porque tampoco entendía que hacía alguien semejante, un anacrónico de esas proporciones, en mi gabinete. Así que no me hice de rogar demás y solamente cerré los ojos y fuíme a dormir, entre mis febriles dolores de cabeza, ahí mismo, sentado en el sillón de mi bureau.

*

Al alba de uno de estos días de invierno, u otoño, me despertó el aquilón; vinieron las bóreas por el ventanal de mi gabinete, haciendo danzar alocadas las cortinas de aquella. Me atraparon, me revolvieron y me ahogaron; me zambulleron en una marabunta de golpetones y zarandeos que me inhibieron la conducta. De tanto menar y sacudir que me dejaron en el suelo tumbado, bocarriba, con la alfombra aquella de la ventana enrollada en derredor mía como si fuera una pazguato al que le han gastado una broma.

Entonces recordé que tenía mis propios quehaceres, que era una persona, en desgracia situada en espacio y tiempo, y que debía entregar aquella historia para la revista el mes que viene y que aún no tenía ni siquiera título, aunque esta fuera la última cosa que hacía siempre.

Entonces me dispuse frente a las tintas y a los papeles, a las ideas que tenía apuntadas en el diario mío

Ninguna tenía, en verdad.

y cogiendo la pluma, untándola en el botecito de la negra esencia, me puse a escribir como un poseso, como un desalmado, como sin saber siquiera muy bien cómo ni por qué, ni siquiera hacia dónde ni hasta cuando, escribí un cuentecito de esos de niño, infantil, de la trágica historia de un pobre lázaro que nada tenía en la vida que perder más la vida. Acabando muerto como no podía ser de otra manera.

A mis compañeros de la editorial, por alguna razón incomprensible e inhumanamente razonable, no les pareció demasiado buena, sea por inapropiada, sea por estulta o sin sentido. “Que no tiene argumento” me dijeron. Yo, por ser humilde y modesto, no les recriminé lo más mínimo. Y acopiando toda mi selectiva creatividad, les escribí no un cuento ni una novela, sino una narración de una historia que empieza por ahí y acaba por allá, con sus personajes de persona ataviados y un hilo conductor de razones y porvenires que hacen de aquellas letras y frases, que hacen una fraseología recatada y caricaturesca de nimiedades que tratan temas actuales, actuales más eternos, que de actualidad se repiten hasta la saciedad, tratando la vana costumbre mil y dos veces cada una de aquellas bastas páginas de irremediabilidad patologizante de la cración; que no viene del serse uno como debe ser, sino del quererse ser otro a través de espejitos sulfurantes de una historia que puede que salga del profundo del corazón, pero que, mayoría de las ocasiones, suelen ser jugo de sesera y ingenio.

1/16/2021

La Cañada

     Los mismos viejos de siempre, a caso diferentes, volvieron a salir de sus tumbas en busca de cierta paz en el caminar. No hubo tiempo de demasiada charla, aunque fue infinita, a caso eterna. Uno con los ojos cansados, y la vida a la espalda, llorando más que riendo, la mandíbula desencajada y los pies arrastrados, encendía, uno detrás de otro, cigarros a los que  llegaba hasta tragarse el filtro. El otro, muy a la misma manera, vestía sueño y bagatelas, aún con un cierto resplandor detrás de los ojos, seguía rememorando el pasado a cada paso que daban en la dehesa. Los pasos del segundo eran más firmes quel primero, si bien el primero ya no caminaba, arrastrábase y con los ojos miraba hacia delante. Mirando al futuro que no podía más que llegar, si es que no hubo pasado ya una vez anterior. 

     En cuanto uno, cualquiera, abría la boca, el otro le manda callar, y, aunque aquél no callara, el  otro no le replicaba. Si aquello no eran conversaciones, era porque más rigurosamente eran monólogos entrelazados entre la risa, el suspiro y el llanto. Ambos con las manos heladas, padecían su dolor de dedos, e incluso llegaba al punto de que competía por bien quién era el más dolorido. Y no ganaba nadie. Por alguna de esas vías de la cañada, pasos terrosos, marrón claro, charcos y mierda de vaca a casi pares cantidades; veían los humos de la distancia, a caso contaminación, o nubes, lo cual el primero siempre argüía que eran más de lo mismo. Veían las montañas al fondo, a ratos nevadas; veían las cabras y las ovejas, y el segundo deseoso de ser pastor, ensoñábase con ser una de esas criaturas más verdaderas que ninguno de ellos dos. “Todo tiempo pasado fue mejor”, mentíanse ambos, aunque a usos prácticos fuera una verdad a medias, o una mentira incompleta. Eran felices, todo lo que el presente les permitía (un instante casi inexistente), mintiéndose a la cara, rememorando recuerdos ajenos y vivencias de otras personas, a caso más viejas, que ya no existen. El uno siempre que podía soltaba con aires de poeta: “¡cómo me gusta Malpartida sin sus chinatos!”, maravillado por la maravilla del camino que recorrían de vuelta a casa, espantado por la muchedumbre del gentío. El otro se reía cuanto los pulmones le permitían, y cabeceando le aceptaba el robo a Machado. 

     Otros día que aquestos viejos no salían a la campo a pasear, a ser algo andado, íbanse al bar de la plaza, alguna plaza, algún bar, a ver a otro de los viejos, a caso más viejo y desdeñado, más pícaro y desdentado, más curtido y más sabio en menos de dos artes. Botella que otra pedían, y pasaban tarde, y noche no, pues los bares ya cerraban. En eso que el viejo diablo, barbudo y despeinado, blandía una de sus artimañas, y un cigarro era prestado del uno al aquél. Nada más, de nuevo, se repetían historias de antes, retorno a lo anterior, llorando y riendo, si es que no gritando, entre cerveza y humo, cosas que no pasaron. 

1/13/2021

Cuatro paredes inmanentes

    Enfrascado entre montones de libros, velas y ventanas sucumbidas a la congelación del frío, calentado con la hoguera que mantenía sus manos vivas; la chimenea chisporroteaba incesante. Ya era el cuarto tomo de una colección de prosa y verso latina que un viejo compañero mío hubo escrito hace centurias. El vino empezaba, contradictoriamente, a evaporarse por el frío, alejado del fuego, bajo la ventana. Yo, en aquél estampado sillón de suaves telas, acababa otro cigarrillo, dejando sobre mi regazo el libro, y contemplaba el crucifijo colgado en el muro de piedra en frente mía, con una melancolía abrasadora; sentía quemar mi pecho cada vez que lo miraba, más no podía no amarle. Había momentos en los que llegaba a pensar que yo pude ser el Salvador, pero Gustave, no paraba de responderme con negativas, implorando que dejara de blasfemar de forma tan pagana, decía. Yo seguía amando al Cristo.
    En la habitación, conmigo, estaba Gustave, joven muchacho, taciturno, ensoñador, siempre con un brillo en sus ojos, como en el medallón que vestía a nivel de su alto pecho, sobre sus galantes ropas que siempre llevaba —no podía ser menos. Desde joven, como su padre y su abuelo; al igual que su hermana, sirviendo a un servidor, mi viejo yo, ya muy desgastado, físicamente sobretodo. La familia Delannoy siempre me sirvió, desde hace ya tanto… tanto tiempo, que no podría dar una fecha exacta.
    Entre cuatro paredes de inmanente existencia, el viejo conde siempre anhelaba la infinitud, pero pensaba de igual manera que el pudo, siempre, en potencia, todo. Pudo ser el Cristo, pudo ser el rey Herodes, pudo ser Cervantes y escribir el Quijote, pudo ser Camus y haber pensado lo que él pensó aunque siquiera estuvieran cerca en el tiempo, aunque podría serlo, como Dios es todas las cosas —al sentido de Spinoza—, yo soy todas las cosas, habidas y por haber, yo, viejo conde decaído, enfrascado en libros que no existen, pero que al ser pensados, existen. La fantasía deja de ser ficción cuando en potencia es un verdad como cualquier otra, porque todo es verdad dentro de su propia mentira; e incluso las mentiras a conciencia son verdades aun que no se crean verdad. Yo soy todos ellos, y ellos fueron yo, aunque yo no sea nadie y pueda serlo todo.
    Un día que de esos en que las nubes dejaban paso un poco más amablemente al sol, el conde dejó de pegar su barbilla al pecho, alzó por un momento la mirada y se dejó ver a sí mismo el paisaje natural que delante suya se extendía. Luego dando un paso hacia atrás, se vio reflejado en el cristal de la ventana y vio su cuerpo mustio.
    —Me niego —dijo—. Me niego a seguir con esta pútrida cáscara de huevo deforme y sin significado, que por tantas décadas lleva subviviendo en el territorio de mi mente. Me niego a aceptar estos órganos, y estos organismos. A guerra los llevaré, y átenme si lo que digo no les parece correcto —siguió clamando mirando al cielo—, pero no hay nada más inútil que un órgano. Y de puntos de fuga mi iré de estos territorios del capital, en cuanto dada toda la potencia de mi máquina, limitada por estratificaciones de lo establecido. Seré un esquizofrénico si eso es lo que tengo que ser. Harto de flujos y reflujos, de sus cortes; como de la literatura al de la historia, que empiezan y acaban donde a uno le plazca. ¡Eso mismo haré con mi propia máquina abstracta! Sin ojos, para poder ver de verdad, ni oídos para poder escuchar verdaderamente, sin vientre, ni pelo, ni manos, ni laringe, ni estómago. A los órganos les declaro la guerra. Y de mi mismo construiré un niño de cero, destruyendo al Edipo de mi familia y siendo el último hombre sobre mi territorio, el hombre tocado fondo que ya no teme nada, pues nada tiene que perder, y de sus cadenas romperá la opresión de la máquina social, para siempre, hasta donde la infinitud de tubérculos, tallos y raíces le lleven.
    Laberintos —seguía—. Laberintos de la mente en sueños de potencia en donde una maquinaria de cables interconectados (desde siempre), hace que todos los actos de potencia sean acto. Porque la vida es sueño (no en el sentido cristiano) —daba ahora unos pasos hacia atrás y se sentaba en el sofá, dirigiéndose a Gustave. El afirmaba con la cabeza—, y la vigilia está inmanente en el sueño como el sueño en la vigilia. Porque cuando estamos despiertos soñamos y cuando soñamos somos despiertos. En esos laberintos, de anchos y altos muros de piedra gris, con sus huecos para pasar de un pasillo a otro, se interconecta, como enraizamientos, unos puntos con otros y todos los puntos con uno. Como en el sueño pasamos de unas películas a otras sin percatarnos, en el conocimiento pasamos de unos conceptos a otros sin darnos cuenta y sin que uno tenga una potencia mayor que otro. Porque el fin último, querido Gustave, hijo mío, es revelarse contra la máquina que decodifica los códigos y se apropia de territorios, para someter nuevamente la axiomática de su yugo: el capital. Pero aquí unos te dicen que la revolución del esquizofrénico debe llevar a otra máquina más socialista. Falso, eso solo sucumbirá en otro yugo, en una máquina despótica que incluso ya a día de hoy, ahora mismo, se está llevando acabo en el territorio de la tierra. En cambio yo digo, joven Gustave, llevemos esta sórdida máquina hasta sus últimas consecuencias. Ya no hay nada que hacer salvo trazar puntos de fuga en este lienzo deforme y abultado en el que nos ha tocado existir.

    —Al final son todo violaciones que la razón no puede entender.

    Dijo Gustave. E igual algo de razón guardaba.

11/30/2020

Gustave.

La contemplación llevaba siendo días la misma: ninguna. Enfrascado en sus propios laberintos de la mente, cárceles al uso, Gustave no hacía más que pintarse espirales, una y otra vez, por las que en sueños recorría horas y horas. Desgastándose los pies hasta las rodillas. ¿Era en sueños? Por lo menos así se sentía. En sueños también nunca dilucidaba diferentes problemas, cosa que le fastidiaba, dormía para no tener problemas, y resultaba que al final del día su propia mente era en realidad más intrincada y aparatosa de lo que la supuesta realidad lo era, o lo parecía.

    En sueños podía ser lo que el quisiera, si es que ese `podía´ no era ya un `ser´, hacer lo que quisiera; no, eso no podía. Siempre en los mismo estrechos pasillos de muros altos, sin techumbre. Pasábase la mayoría del tiempo corriendo —como si no hiciese eso despierto—, de acá para allá, de un lugar a otro —si es que eran lugares diferentes—. Cuando no dormía, no hacía nada, o hacía lo mismo, huyendo de lo demás que le concerniera hasta poder volver entre mantas. Gustave no era nadie salvo él mismo, y él mismo en sus sueños, que acaso no eran ya la verdad, era todo. 

     En los eones de la existencia, Gustave se complacía de mirar a la naturaleza, pero no aquella contemplación romántica que la literatura y la cultura le hubieron metido en la cabeza tal vez hace siglos, veía un bosque y no veía árboles, nada más veía el `aquél animal, que, bajo instinto de supervivencia, ataca a otro animal, indefenso, provocándole un dolor indescriptible´, una y otra vez, lo único bello, tal vez sin sufrimiento, eran las estrellas y el cielo más allá de la luna. En el interior de uno mismo, como en el interior del bosque, solamente hay dolor.


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     The contemplation had been the same for days: none. Stuck in his own labyrinths of the mind, prisons to use, Gustave did nothing but paint spirals, over and over again, through which in his dreams he traveled for hours and hours. Wearing his feet down to his knees. Was it in dreams? At least that's how it felt. In dreams he also never elucidated different problems, which bothered him, he slept to avoid problems, and it turned out that at the end of the day his own mind was actually more intricate and cumbersome than the supposed reality was, or seemed to be.

     In dreams he could be whatever he wanted, if that 'could' was no longer a 'being', do whatever he wanted; no, that couldn't. Always in the same narrow corridors with high walls, without a roof. He spent most of his time running —as if he weren't doing that awake— from here to there, from one place to another —if they were different places—. When he was not sleeping, he did nothing, or did the same, fleeing from the rest that concerned him until he could return between blankets. Gustave was nobody but himself, and himself in his dreams, which perhaps were no longer the truth, was everything.

     In the eons of existence, Gustave was pleased to look at nature, but not that romantic contemplation that literature and culture had put into his head perhaps centuries ago, he saw a forest and saw no trees, he saw nothing else. `That animal, which, under the instinct of survival, attacks another defenseless animal, causing it indescribable pain´, again and again, the only thing beautiful, perhaps without suffering, were the stars and the sky beyond the moon. Inside oneself, like inside the forest, there is only pain.


11/08/2020

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    Wandering about the whole evening through the wet and foggy streets of my town, I found myself lost in the bitterness of my own thoughts. As I got closer to a cafe; a tiny and overwhelming place, fluttering the smell of recently made coffee and sweets, the thought of getting in and sitting down there a while, to get my stuff straight was in crescendo. I sat by the front crystal, viewing the street in front of me, with scattered passengers by just as I was a moment before. I pulled out a notebook, a gnawed notebook by the time, with it’s spine awkwardly fixed with masking tape, and black front a back covers, titled with word “Diary” in it with white ink —though it was just a writing notebook, and nothing to do with a diary, even so, I wrote it myself—.
    An old hunched man, with little glasses that made his eyes wide looking, white hair, badly combed, and dressed as formally as an adult his age, come to me and asked me what I was having. 
    `A black coffee, please sir.´ I said, with a quite smile in my face.
    The day didn’t start well; I looked at my hands, all dirty from dried paint and black ink. But my frugal stay at the cafe made me feel a lesser down. Maybe it was the weather, a repetitive weather of wind and  drizzle, with occasional storms. I like that weather, but somehow at the same time it makes me feel more. As I said, the day didn’t start well, got a terrible headache, a nonsensical headache that accompanied me all the day along and part of the next, followed with the previous feeling of the month of November which is a depressive languishment of feeling too much nothing.
    Minutes later the old man returned with my coffee and a little piece of cake. I thanked him and got back my look at my notebook: what are we trying to write today? I said to myself. There I stayed, a couple of minutes more, contemplating the view of a pair of eyes that weren’t looking but seeing everything —perhaps nothing. I opened it. Grabbed the thread that was doing the function of a bookmark and open it entirely. And I tried to write something.
    A couple of bastard flies were fluttering around my head, perhaps because of my smell of death, perhaps because it was just so cold outside. They would land from time to time over my paper, on my hand,  on the edge of my cup of coffee… I didn’t mind them so much, even though they were a bit of a nuisance. I’ve always saw that creature as a sign of boredom, of mental and physical death —a symbol of my current stay of things. My house, a little untidy apartment far downtown, was at this time of the year, flooded with flies, so much, I even considerate them a guest of my own dwelling from October until February.
    I picked up the pen, a transparent, classic,  plastic pen of blue ink, with its opposite end all bitten, almost broke; took a sip of the coffee —the cake was of the flies— and wrote a little story of none but an alter ego, stumbling the streets, complaining about life, existence and the nonsensical procedures of what he calls “Providence”.
    That story led to not much conclusion, and was just a mixture of scattered thoughts and cries; and howls and screams.

    And the so I left the cafe, with more ink and paint, of art and prose, in the palms of my hand, than in that paper.