1/13/2021

Cuatro paredes inmanentes

    Enfrascado entre montones de libros, velas y ventanas sucumbidas a la congelación del frío, calentado con la hoguera que mantenía sus manos vivas; la chimenea chisporroteaba incesante. Ya era el cuarto tomo de una colección de prosa y verso latina que un viejo compañero mío hubo escrito hace centurias. El vino empezaba, contradictoriamente, a evaporarse por el frío, alejado del fuego, bajo la ventana. Yo, en aquél estampado sillón de suaves telas, acababa otro cigarrillo, dejando sobre mi regazo el libro, y contemplaba el crucifijo colgado en el muro de piedra en frente mía, con una melancolía abrasadora; sentía quemar mi pecho cada vez que lo miraba, más no podía no amarle. Había momentos en los que llegaba a pensar que yo pude ser el Salvador, pero Gustave, no paraba de responderme con negativas, implorando que dejara de blasfemar de forma tan pagana, decía. Yo seguía amando al Cristo.
    En la habitación, conmigo, estaba Gustave, joven muchacho, taciturno, ensoñador, siempre con un brillo en sus ojos, como en el medallón que vestía a nivel de su alto pecho, sobre sus galantes ropas que siempre llevaba —no podía ser menos. Desde joven, como su padre y su abuelo; al igual que su hermana, sirviendo a un servidor, mi viejo yo, ya muy desgastado, físicamente sobretodo. La familia Delannoy siempre me sirvió, desde hace ya tanto… tanto tiempo, que no podría dar una fecha exacta.
    Entre cuatro paredes de inmanente existencia, el viejo conde siempre anhelaba la infinitud, pero pensaba de igual manera que el pudo, siempre, en potencia, todo. Pudo ser el Cristo, pudo ser el rey Herodes, pudo ser Cervantes y escribir el Quijote, pudo ser Camus y haber pensado lo que él pensó aunque siquiera estuvieran cerca en el tiempo, aunque podría serlo, como Dios es todas las cosas —al sentido de Spinoza—, yo soy todas las cosas, habidas y por haber, yo, viejo conde decaído, enfrascado en libros que no existen, pero que al ser pensados, existen. La fantasía deja de ser ficción cuando en potencia es un verdad como cualquier otra, porque todo es verdad dentro de su propia mentira; e incluso las mentiras a conciencia son verdades aun que no se crean verdad. Yo soy todos ellos, y ellos fueron yo, aunque yo no sea nadie y pueda serlo todo.
    Un día que de esos en que las nubes dejaban paso un poco más amablemente al sol, el conde dejó de pegar su barbilla al pecho, alzó por un momento la mirada y se dejó ver a sí mismo el paisaje natural que delante suya se extendía. Luego dando un paso hacia atrás, se vio reflejado en el cristal de la ventana y vio su cuerpo mustio.
    —Me niego —dijo—. Me niego a seguir con esta pútrida cáscara de huevo deforme y sin significado, que por tantas décadas lleva subviviendo en el territorio de mi mente. Me niego a aceptar estos órganos, y estos organismos. A guerra los llevaré, y átenme si lo que digo no les parece correcto —siguió clamando mirando al cielo—, pero no hay nada más inútil que un órgano. Y de puntos de fuga mi iré de estos territorios del capital, en cuanto dada toda la potencia de mi máquina, limitada por estratificaciones de lo establecido. Seré un esquizofrénico si eso es lo que tengo que ser. Harto de flujos y reflujos, de sus cortes; como de la literatura al de la historia, que empiezan y acaban donde a uno le plazca. ¡Eso mismo haré con mi propia máquina abstracta! Sin ojos, para poder ver de verdad, ni oídos para poder escuchar verdaderamente, sin vientre, ni pelo, ni manos, ni laringe, ni estómago. A los órganos les declaro la guerra. Y de mi mismo construiré un niño de cero, destruyendo al Edipo de mi familia y siendo el último hombre sobre mi territorio, el hombre tocado fondo que ya no teme nada, pues nada tiene que perder, y de sus cadenas romperá la opresión de la máquina social, para siempre, hasta donde la infinitud de tubérculos, tallos y raíces le lleven.
    Laberintos —seguía—. Laberintos de la mente en sueños de potencia en donde una maquinaria de cables interconectados (desde siempre), hace que todos los actos de potencia sean acto. Porque la vida es sueño (no en el sentido cristiano) —daba ahora unos pasos hacia atrás y se sentaba en el sofá, dirigiéndose a Gustave. El afirmaba con la cabeza—, y la vigilia está inmanente en el sueño como el sueño en la vigilia. Porque cuando estamos despiertos soñamos y cuando soñamos somos despiertos. En esos laberintos, de anchos y altos muros de piedra gris, con sus huecos para pasar de un pasillo a otro, se interconecta, como enraizamientos, unos puntos con otros y todos los puntos con uno. Como en el sueño pasamos de unas películas a otras sin percatarnos, en el conocimiento pasamos de unos conceptos a otros sin darnos cuenta y sin que uno tenga una potencia mayor que otro. Porque el fin último, querido Gustave, hijo mío, es revelarse contra la máquina que decodifica los códigos y se apropia de territorios, para someter nuevamente la axiomática de su yugo: el capital. Pero aquí unos te dicen que la revolución del esquizofrénico debe llevar a otra máquina más socialista. Falso, eso solo sucumbirá en otro yugo, en una máquina despótica que incluso ya a día de hoy, ahora mismo, se está llevando acabo en el territorio de la tierra. En cambio yo digo, joven Gustave, llevemos esta sórdida máquina hasta sus últimas consecuencias. Ya no hay nada que hacer salvo trazar puntos de fuga en este lienzo deforme y abultado en el que nos ha tocado existir.

    —Al final son todo violaciones que la razón no puede entender.

    Dijo Gustave. E igual algo de razón guardaba.

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